domingo, 9 de noviembre de 2008

anecdota

Contaban en los antiguos bares del pueblo, tres borrachos y uno sobrio, que mientras mas tarde y mas congelada la cerveza les den, mejor era a su salud, merecer ciertos vasos llenos.

Contaban que era muy oscuro y que tenia un bar principal donde iban solo personas con alta situación económica, donde se pagaba en cheques los tragos que deseaban tomar, y existía también otro el que era llamado el bar secundario y deteriorado, pues aquí venían estos tres individuos mas el sobrio, se decía que ellos estaban siempre allí, que nunca dejaban de ir, pues ya eran clientes habituales en este antro de lugar.

Los papeles estaban bien revueltos, los tres borrachos eran oyentes mientras el joven sobrio les contaba historias de su vida, esa vida que había observado por distintos lugares del mundo, les ofrecía charlas tan largas que al salir del bar, estos tres buenos amigos, contaban sus historias en la calle, como si nadie los oyera.

Las historias y pequeñas anécdotas del señor eran buenas, y motivaba tanto a los hombres en tomar y tomar y tomar, que solo les quedaba esa opción que era escuchar.

Lo bueno que nunca se golpeaban pues eran muy unidos entre si, mientras que el señor de las largas frases, solo gustaba de un buen vaso de agua.
Quizá a veces golpeaban un poco el mesón y los vasos como que saltaban un poco o cambiaban de lugar repentinamente, en un rato estaban en el mesón tranquilo, pero medios vacios y de repente con un golpe en el mesón de nuevo estaban en el suelo quebrados ya vacios. Y entonces la distancia y el espacio tiempo que hay entre el golpe-la caída del vaso y el suelo, era algo imposible de detener para estos individuos, pues en ese estado, los movimientos son más lentos y los ojos más despiertos no lo suelen ver.

Era humorístico ver a estos hombres con la atención que miraban al joven señor, el joven señor allí muy apuesto y tranquilo les hacia reír hasta con un dedo, a veces entraban chicas allí y estos miraban con cara de querer hablarles algo, pero como el señor de las mil y una palabras lo decía todo, el las invitaba y solían estar toda la noche conversando cosas agradables y desagradables de la rutina diaria de todos estas personas que se verían ir.

Decían también que el bar nunca cerraba y que las personas siempre cambiaban, el lugar era sucio, pero a estos hombres le satisfacía el solo hecho de tener copas en mano y un buen conversador.

La sola forma de saber valorar las cosas que tienes, significa valorar a ti mismo como eres, no importa el lugar ni la situación ni el contexto donde te encuentres, mientras hagas las cosas con un cierto querer, todo ira bien y verás como la gente sonríe de ti así como tu sonríes de ellos la forma de cómo se ven las cosas de verdad.


Las copas están vacías y el bar se cerró…
Hasta pronto gritarán todos por ahí y Hasta nunca dijeron solo algunos al venir.

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